A ti, voy a felicitarte

Voy a felicitarte. Sí, a ti. Y no va a ser un felicidades del tipo eres simplemente extraordinario. Más bien va a ser un felicidades del eres totalmente extraordinario. Porque lo extraordinario no tiene nada de simple, aún presentándose sencillo a ojos ajenos.

Tendemos a no calibrar la dificultad. Ese pesado incordio que se nos pone por el camino a cada paso que damos; a cada sueño que empezamos. Porque difícil es encontrar ese equilibrio tan buscado. Difícil es lograr esa armonía celestial que suena a felicidad. A tu felicidad. A la que labraste igual durante años, igual durante tan solo un instante. Pero lo hiciste, la anhelaste y la tocaste. Tan única, tan diferente, tan natural, tan tuya.

Te llamo extraordinario pues has sabido verte, conocerte. Y estarás pensando que la gran tontería se acaba de escribir, y que ahora sí deberías parar de leer. Y te felicito por no hacerlo y seguir aquí; porque no, no me he vuelto loca, y sí, he dicho que te felicito por verte. Así es que no todo el mundo lo consigue. En una sociedad dominada por el quiero y no puedo, suele abundar el voy a hacer ver que lo veo. Por favor, que no te engañen, quiero decir, que no os engañen a ninguno de vosotros, a los pocos que quedáis. Todo es pura ceguera. Lo que convierte en una tarea excepcional e incluso emocional el hecho de ver entre la multitud y no perderse por el camino de la apariencia.

Pues no se me ocurre mejor manera de celebrar tu diferencia que la de darte mi mano y, con ello, la de felicitarte por ser; por querer ser sin importar el cómo que tanto aburre a los que son de verdad. A los que, como tú, miran, sienten, piensan, viven y aman sin miedo a nada; como bien dicen Alex y Amaia.

Finalmente, mientras parto y te dejo solo, voy a felicitarte por irte. Por irte al ritmo que se va la vida. Sin dramas. Esos que se queden atrás. Porque eso va a significar que avanzas, así que felicidades por no pararte a lamentarte y seguir. Siempre seguir hacia adelante, lo que viene a ser lo importante. Lo que debería ser natural, y a lo que unos lo llaman trayectoria lineal mientras otros prefieren evolución corporal y mental. Así que adiós, por mi no vuelvas porque pobre de ti que te detengas.

Autora: Laura Ambrós Vivancos

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Quiéreme del te quiero

Quiéreme. Quiéreme, pero de verdad. Siempre por encima de tus posibilidades. Siempre sin condición ni religión. Quiéreme del te quiero. Porque todo se reduce a eso, al querer. Y es que nada nos sienta mejor que esas dos palabras, esas ocho letras, esa determinación de la intención.

Te quiero. Tan simple, tan directo, tan sincero. Aunque los dos sepamos que ni para ti es lo primero, ni para mi lo nuevo.

Y es que ya he querido antes. He querido lograrlo, y olvidarlo, y quererlo. Así, porque sí. Con un motivo o sin, y refiriéndome al “lo”, complemento directo que suma todo lo que anhelo.

Desear, anhelar y todo lo que signifique más. Línea vertical cruzando la horizontal. Sin ello, no se podría sumar, y por favor, que no se nos olvide. Ni a ti ni a mi. Si no sumas, aquí te quedas, estancado, bloqueado y desorientado. No sé a qué esperas. Suma personas. Suma metas. Suma deseos. En definitiva, no pares de buscar la suma de corazones en alto riesgo. Ese mismo riesgo de vivir en una realidad común descompensada, a la que tendemos a querer abrazar. Rodear con nuestros brazos para sentir el latir descompasado de un ahora, marcado por el ayer, que no puede evitar el mañana. Pero qué adrenalina esta la de soñar. La de querer. La de arder. Aún y pudiendo quemarte, aún y pudiendo perder.

No hay nada más valiente que el que vuela más allá de lo esperado, más allá de lo correcto y siguiendo siempre la línea invisible de lo contrario a lo ordinario. ¿Para qué andar pudiendo correr?, ¿para qué correr pudiendo saltar?, ¿para qué saltar pudiendo volar?. Volar por ilusión. Por tan solo una, que quien dice una dice varias, y en realidad queriendo decir por todos los motivos que te muevan a volar fuera de nido. Volar y no quedarse en segundo plano, pues corazón acorazado nunca suele ser la opción para encontrarle sentido al hecho de perder la razón.

Por eso te repito que quieras. Y no solo una cosa, ni a una persona, sino que lo quieras todo. Todo lo que se te pase por la mente. Todo lo que vuelque tu corazón. Y en esa acción de definición de la intención, y abusando de la terminación, hazlo ya; no fuera a pasarte la vida tan rápida que cuando eches la vista atrás quieras querer volverlo a intentar.

Autora: Laura Ambrós Vivancos

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